OPINIO
 

El autobús de la verdad

 
 

José Manuel Bou/ La biología dice que la especie humana tiene dos sexos, masculino y femenino. Los individuos de sexo masculino, a los que en sus primeros años llamamos "niños" tienen órganos genitales masculinos, o sea, pene. Las niñas órganos genitales femeninos, o sea vulva. Hasta ahí parece fácil. La afirmación: “Los niños tienen pene, las niñas vulva”, no parece, por tanto, muy polémica. Simplemente es la verdad biológica evidente. Que por llevar esa frase escrita en su carrocería un autobús haya sido multado y secuestrado, y sus promotores acusados de un delito de odio parece surrealista. Que de un modo unánime, todos los partidos con representación parlamentaria y todos los medios de comunicación mayoritarios hayan condenado a los promotores del autobús, tildándolos de “transfobos” y de “ultracatólicos” nos sitúa directamente en una pesadilla orwelliana. La pesadilla se prolonga ya durante varias semanas en las que el autobús sigue estando de actualidad, un día porque ha sufrido un ataque violento de manifestantes del lobby gay, otro día porque le han prohibido acceder a otra localidad o por cualquier circunstancia similar. A la luz de este debate y tal y como está siendo utilizado por la prensa yo diría que ultracatólico es, simplemente, la persona dotada de sentido común a la que todavía no han podido convencer de que dos y dos suman cinco.

Lo que dice el autobús, que coincide con lo que dice la biología, es una realidad evidente, constatable por los sentidos, obvia y palmaria. El autobús, simplemente, dice la verdad y nadie en su sano juicio puede sentirse ofendido por ello ni calificarlo de delito de odio. Alega la prensa del sistema que, además del sexo biológico, existen distintas identidades sexuales o “de género”, expresión que engloba las características culturales atribuidas a uno u otro sexo. Esto es discutible, pero en ningún caso altera la veracidad fundamental de la expresión del famoso autobús, que se refiere al sexo biológico (el único que existe como realidad científica) y no al género, que es una construcción de las ciencias sociales (no de la biología) en obediencia a una ideología política, la ideología de género, enmarcable en el marxismo cultural y en el feminismo radical. Si se le quiere buscar una motivación política al autobús de marras (que indudablemente la tendrá), además de la mera afirmación de la verdad, que ya implica un valor en sí misma, esta es cuestionar la ideología de género, lo que es perfectamente legítimo. Yo diría que incluso es necesario, porque en una sociedad racional y democrática ninguna ideología debería estar por encima de la crítica y el cuestionamiento.

Contra lo que afirmaba Lenin (y se atribuye erróneamente a Gobbels) una mentira no se convierte en verdad por mucho que la repita. Por mucho que los políticos y los medios del sistema repitan hasta la saciedad que constatar la verdad evidente ofende a determinados colectivos y debe censurarse, seguirá sin ser cierto. Los ataques al autobús constituyen, por tanto, un ataque a la libertad de expresión, al derecho a afirmar la verdad y la imposición totalitaria de la ideología de género como ideología oficial incuestionable del sistema.

Entre los defensores de lo políticamente correcto parecen entreverse dos posturas, la de los fanáticos, completamente perdidos para el sentido común, que se creen, de verdad, que puede haber niñas con pene y niños con vulva, rebeldes no contra el patriarcado ni contra la opresión sino, simple y llanamente, contra la realidad, y la de las masas bovinamente aceptantes del desaguisado, que sin creérselo del todo, juzgan más conveniente acatar los infundios de la ideología de género como una suerte de mentira piadosa. ¿Qué más da, parecen pensar estas masas cretinizadas, que no existan en la naturaleza niñas con pene ni niños con vulva? Si alguno de estos angelitos se siente mejor llamándose niño, aun siendo niña, o niña, aun siendo niño: ¿Qué nos importa a nosotros? ¿Es necesario que un autobús recorriendo las calles y plazas les recuerde su desgracia (la desgracia de una sociedad opresora que los incita a aceptar la realidad, nadie vaya a pensar que consideramos desgracia el transexualismo y nos considere políticamente incorrectos)?

Frente a quienes piensen así basta oponerles el informe de la Asociación Americana de Pediatría: “Hasta un 98% de niños con género confuso y hasta un 88% de niñas con género confuso aceptan finalmente su sexo biológico tras pasar la pubertad de forma natural. (...)Las tasas de suicidio son veinte veces mayores entre los adultos que utilizan hormonas cruzadas y sufren cirugía de reasignación de sexo (...) Condicionar a los niños a creer que es normal estar toda la vida sustituyendo química y quirúrgicamente su propio sexo por el opuesto constituye un abuso infantil. Respaldar la discordancia de género como algo normal a través de la educación pública y de las políticas legales confundirá a hijos y padres, llevando a muchos niños a acudir a ‘clínicas de género’ donde les administren fármacos bloqueadores hormonales. Esto, a su vez, virtualmente asegura que ellos ‘elegirán’ recibir hormonas cruzadas cancerígenas o de un modo u otro tóxicas, y probablemente considerarán innecesariamente, cuando sean adultos jóvenes, la mutilación quirúrgica de sus órganos sanos.”

Callar ante las atrocidades de la ideología de género no es hacerle ningún favor a nadie y no expresa ninguna piedad con las personas que sufran trastornos de identidad sexual. La verdad es siempre la mejor política. Decía Aristóteles que quien preguntaba si la nieve es blanca no merecía una respuesta sino un castigo. Decía Chesterton que llegaría el momento en que habría que batirse por sostener que el pasto es verde. Bien, parece que el momento ha llegado ya y que los primeros en llegar al duelo no portan florete sino un autobús y la verdad.

El Partido os decía que negaseis la evidencia de vuestros ojos y oídos. Ésta era su orden esencial. El corazón de Winston se encogió al pensar en el enorme poder que tenía enfrente. Y, sin embargo, era él, Winston, quien tenía razón. Había que defender lo evidente. (…) La libertad es poder decir libremente que dos y dos son cuatro. Si se concede esto, todo lo demás vendrá por sus pasos contados”.

Orwell: "1984"

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