No
sólo la ley establece cuales son las responsabilidades
legales: civiles, penales...en las que se incurre tras un determinado
acontecimiento, sino que nuestra propia condición humana
ha determinado a lo largo de la historia una serie de códigos
y principios convencionales nacidos de la costumbre, la
moral o la religión que nos sitúan ante nuestras
propias responsabilidades.
Se trata de sabernos autores, por acción u omisión, de
nuestros actos y de sus consecuencias, y de ajustar en cada
momento y frente a cada hecho la sanción que la norma
legal o moral prevé cada circunstancia.
La ausencia de sanción legal ante un hecho legal pero moralmente
reprochable no debe de llevarnos a esconder la cabeza, autoexculparnos
y minimizar nuestra responsabilidad ética. Esta norma
no escrita es especialmente exigible en la política y
para aquellos que titularizan cargos de representación
ciudadana.
No sabemos si la responsabilidad del presidente Camps o del
Conseller Cotino en el accidente del metro tienen una dimensión
penal, pero lo que no nos cabe la menor duda es que sí
la tiene política y moral.
Las victimas requieren, cuanto menos, una reparación
política ante un gravísimo accidente ocurrido
en un servicio público de la Generalitat Valenciana.
No puede ser que, por la circunstancia que sea, fallezcan 43
personas y nadie dimita. No puede ser que ante un hecho luctuoso
que causó una gran alarma social el asunto se zanje,
simplemente, con la presencia de Camps a una misa.